Cómo hacer que tus camisas no se encojan o se estiren

Ponerte una camisa limpia puede aumentar tu confianza o hacerte sentir como que aumentaste un talle. Desafortunadamente, algunas telas ligeras se estiran y se encojen más fácilmente que otras, especialmente el algodón. Durante el ciclo de lavado, las telas de algodón absorben el agua, lo que hace que las fibras se hinchen y luego se acortan. En lugar de reemplazar constantemente camisas que ya no te sirve, trata estas prendas queridas con un poco más de cuidado. Prolonga la vida de tu camisa favorita usándola con menos frecuencia y agrega más camisas a tu guardarropa.

Nivel de dificultad:
Moderadamente fácil

Necesitarás

  • Detergente suave para lavar la ropa
  • Suavizante de telas
  • Pinzas para la ropa
  • Perchas de madera

Instrucciones

  1. Sigue las instrucciones de la etiqueta de la camisa. Nunca recortes las etiquetas de cuidado. Lee atentamente las instrucciones y ten en cuenta las instrucciones del fabricante, como la temperatura a la que debe estar el agua.

  2. Clasifica las camisas en pilas, de acuerdo a los requerimientos de lavado. No laves las camisas con telas pesadas como los pantalones vaqueros o zapatos que pueden desgastar las telas suaves.

  3. Lava las camisas a mano, con agua fría o tibia y un detergente suave para evitar que se encojan. Agrega una pequeña cantidad de suavizante de sedas para que la tela quede plegable.

  4. Extiende la camisa sobre una superficie plana para que se seque o cuélgala en un tendedero. Evita la secadora y nunca seques una camisa que atesoras en un radiador.

  5. Almacena las camisas doblándolas prolijamente y ponlas en un cajón o cuélgalas en perchas de madera.

Consejos y advertencias

  • Nunca planches las camisas mientras aún están mojadas. Puedes dañar la tela.
  • Resiste la tentación de levantar el dobladillo de la camisa y estirarlo para que te quede mejor. Cuando estiras la camisa de esta forma puedes romper las fibras y las puntadas del dobladillo.

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Escrito por mimi bullock | Traducido por alejandra prego